De talleres y talleres. Lucas Giono
Sin dudas el taller es el lugar privilegiado: clases teóricas, exposiciones de corpus de antecedentes y referentes, charlas con invitados, visitas, relevos y recorridos, etc… no hacen sino complementar la dinámica central del proceso de enseñanza aprendizaje que se desarrolla en el mismo.
Instancia común a las materias proyectuales -y a la enseñanza de las artes y oficios- este espacio estructurado con grandes mesas y bancos que compartimos docentes y estudiantes de toda la FADU, es el terreno de distintas concepciones pedagógicas y disciplinares: lugar de aquellas prácticas “de aprender a hacer, haciendo”, el taller hereda la tradición académica del maestro y discípulo (el primero recorriendo los proyectos de quienes esperan pacientemente un aporte, un trazo, una mirada aprobatoria); y suma a esa herencia, el aporte de la modernidad (donde el maestro es ya profesional y convive con “sus” alumnos a lo largo de un proyecto que se formula y va cobrando forma a lo largo de un recorrido en común con sus pares); y en última instancia, se vuelve ámbito de la corrección. “Colgada” o “enchinchada”: el taller es para todos en nuestra facultad el lugar de la corrección. Docentes y estudiantes sabemos que nos reunimos en el taller para corregir: la tecnología ha desplazado de este espacio a la producción como práctica fundamental, dando lugar al momento en que un estudiante valida o rectifica su hacer frente al docente. Así, bajo esta modalidad mutante, podemos ver reproducirse, taller tras taller, dinámicas y dispositivos que recuerdan aquello de lo que heredamos.
Nosotros -como otros, por cierto- apostamos al taller como ámbito colectivo, como lugar de un hacer conjunto, como escenario donde pueda producirse, construirse colectivamente un saber común. Observamos las prácticas y buscamos evitar aquellos dispositivos didácticos que vuelven al alumno un “sin luz” (literalmente), que debe esperar de su maestro los pasos a seguir, así como rechazamos la idea de modelos susceptibles de ser emulados en la enseñanza: en todo caso, proponemos ejemplos a problematizar; e igualmente rechazamos aquellas concepciones que -al calor de la profesionalización de nuestras disciplinas y de la FADU que tuvo lugar fundamentalmente en los ’90- vuelven al docente un simulacro de ese mercado que a futuro regulará las prácticas y consagrará aciertos -o castigará “limitaciones”- de esos estudiantes devenidos en profesionales a escala, proto diseñadores. Paradójicamente, ambas orientaciones comparten cierta sobrevaloración de la autoría individual.
Creemos en un taller que se erige como lugar de la crítica, de la pregunta y el análisis. Un taller donde estudiantes y docentes se integran en un colectivo que recorre las distintas etapas de un proceso proyectual (y de la vida universitaria) indagando, compartiendo y poniendo en común.
Un taller que pone el centro en la construcción de una mirada analítica, mirada que se constituye en un conocimiento construido colectivamente y es plausible de ser apropiado y adquirido individualmente por cada estudiante: en última instancia, un taller donde el docente tiene ante todo la responsabilidad de coordinar y propiciar las actividades que hacen de cada estudiante un sujeto activo, un sujeto de conocimiento.
Lucas Giono
Profesor Adjunto Dg2, Cátedra Rico




